Decir que las teorías de Herbert Spencer y de Charles Darwin eran un
producto inevitable de una fase determinada de la historia de Occidente no
equivale a negar la contribución de los avances científicos acumulativos al
perfeccionamiento del evolucionismo biológico y sociocultural. Las mismas
fuerzas que hicieron que la atención de Spencer y de Darwin se sintiera
atraída por los temas del progreso, la raza, la lucha, fueron también las
responsables del aumento que experimentaron la autoridad y el prestigio
de la ciencia. El individualismo del laissez-faire guardaba una relación directa
y positiva con el desarrollo de la ciencia. El liberalismo económico y
político, en si mismo producto del avance tecnológico y científico, ejerció
un efecto inmensamente estimulante sobre todas las formas del estudio científico.
Los adelantos tecnológicos que resultaban de esos estudios eran esenciales
para el mantenimiento del capitalismo. Aunque los dogmas teológicos
seguían siendo útiles para el control y la disciplina de las masas, una auténtica
cornucopia de milagros tecnológicos obligó a las autoridades teológicas
a mantenerse a la defensiva. Hasta que, por fin, en 1859, Darwin dio
la explicación materialista del origen de las especies y destruyó la autoridad
de los teólogos en el dominio de las ciencias de la vida,
¿Cómo se explica que Darwin tuviera éxito allí donde Jean Baptiste Lamarck
había fracasado? Parece improbable que la única razón fuera la fase
más avanzada del capitalismo en la que Derwín tuvo la suerte de escribir.
No debemos olvidar el hecho de que en el intervalo entre Lamarck y Darwin,
bajo el estímulo de los continuos avances científicos, de un modo callado
se había ido fortaleciendo considerablemente una visión laica del mundo.
Aunque en parte la contrarrevolución política la obligó a pasar a la clandestinidad,
escondida aguardaba la primera oportunidad posible para salir
a la luz y continuar la tarea que Galileo había comenzado. La afición de
J. C. Nott y de G. R. Gliddon a «despellejar clérigos» es un indicio de lo
lejos que esa tendencia había sido capaz de llegar en las más adversas condiciones.
Además de esta erosión general de la autoridad teológica, consecuencia
del progreso científico, un enfrentamiento concreto entre la teología
y la ciencia en una cuestión de mayor importancia para la teoría de la evolución
biológica había contribuido a despejarle el camino a Darwin. Esa
cuestión era la de la edad de la Tierra. Y fue aquí donde estuvo la principal
ventaja de Darwín sobre Lamarck. Porque Lamarck había tenido que luchar
contra los teólogos no sólo en la cuestión de la evolución orgánica, sino
también en la cuestión de la evolución geológica. Conviene, pues, que nos
demoremos un momento para tratar de este nuevo conocimiento de la historia
de la Tierra.
LA GEOLOGIA MUESTRA EL CAMINO
Durante la mayor parte del siglo XVIII la incipiente disciplina geológica languideció bajo la tutela de la autoridad de la Biblia. Excepto por las modificaciones que habia introducido el diluvio, se consideraba que la Tierra había preservado la forma que recibió al comienzo de los tiempos. Una gran parte del esfuerzo de los estudiosos se consagró a probar que el Génesis y los estratos de la Tierra contaban una misma historia. Los depósitos alpinos con restos de vida marina se celebraban como confirmación de la presencia en otros tiempos de aguas lo bastante profundas como para sumergir las más altas cumbres. Los fósiles de animales extintos no planteaban problema: simplemente probaban que no todas las criaturas antediluvianas habían conseguido refugiarse en el arca de Noé.
Cuando la historia de la Tierra empezó a ser estudiada desde un punto de vista geológico, se supuso simplemente que el diluvio universal tenía que haber producido cambios ingentes y que habría sido un agente primario en la formación de la 'superficie actual del globo. Su existencia daba prueba de que Dios regia el mundo además de haberlo creado Entre los geólogos, Theorv of the Earth (1788). de James Hutton, el fundador de la llamada escuela vulcanista, representó la primera refutación consecuente de este punto de vista. Las teorías de Hutton rechazaban la explicación que de los estratos de la Tierra daba la escuela neptunista. Esta última estaba representada en Gran Bretaña por Robert Jameson, a su vez discípulo del fundador del neptunismo, Gottlieb Wemer, profesor de míneralogía en Friburgo de Sajonia. Inspirándose en la narración bíblica.
Wemer y Jameson sostenían que todas las rocas de la Tierra se habían precipitado de una solución marina en varios estadios bien definidos que correspondían a los estadios de la creación y que desde entonces habían ocupado su lugar fijo en los correspondientes estratos geológicos. Hutton, por su parte, eludió por completo el tema de la creación e intentó interpretar los rasgos geomorfológicos en función de los efectos acumulativos de los procesos naturales físico-químicos, tales como el calor, la presión y las varias formas de acción de la intemperie. En lo tocante a la edad de la Tierra, las implicaciones de esta interpretación de Hutton resultaban heréticas, ya que lo que hasta entonces se había atribuido a la acción de cataclismos instantáneos pasaba a presentarse como el efecto paciente de fuerzas relativamente pequeñas que actuaban a lo largo de dilatados periodos de tiempo.
PRECEDENTES EN EL SIGLO XVIII
Es interesante señalar que las ideas de Hutton tuvieron un precedente en el siglo XVIII en una serie de hipótesis más osadas, aunque geológicamente menos documentadas. Georges Buffon, inspirándose en Gottfried Leibniz, había realizado incluso una serie de experimentos con bolas de hierro calientes en un intento de fechar el origen de la Tierra. Partiendo de la suposición de que originariamente la Tierra había sido una masa fundida, Buffon trató de calcular el tiempo que habría necesitado para enfriarse hasta su temperatura actual. En Epocas de la naturaleza llegó a la conclusión de que habían transcurrido como mínimo setenta y cinco mil años, pero por respeto a la narración bíblica se abstuvo deliberadamente de dar las fechas máximas. Immanuel Kant propuso una hipótesis más audaz. En su Historia natural universal y teoría de los cielos postulaba un universo infinito en el que «transcurren millones y miles de millones de siglos durante los cuales se crean siempre nuevos mundos y sistemas de mundos. Hubo aún muchos más tanteos de tipo parecido, especialmente entre los filósofos como d'Holbach y Diderot, hasta el extremo de que Haber ve en los neptunistas discípulos de Werner una reacción contra las tendencias antimosaicas de mediados del XVIII. Pero para el tiempo en que Lamarck escribió su Hidrogeología (1802) ya no se sostenía ninguna alternativa seria frente a la cronología corta. La hipótesis de Lamarck de que la Tierra tenía varios miles de millones de años de existencia fue recibida todavía con más desprecio que su idea de que los hombres descendían de los peces. El propio Lamarck consideraba que el principal obstáculo que se oponía a la aceptación de su idea de una evolución orgánica era la resistencia con que tropezaba la cronología larga. Y ello le hacía desesperar de IIegar a convencer a sus contemporáneos de los errores del empirismo de Werner con su adhesión servil a la narración mosaica:
Estas consideraciones, ya lo sé, no se han expuesto nunca en ningún otro lugar que en mi Hídrogeología, y al no haber obtenido el serio examen que creo que merecen, Incluso a las más ilustradas personas por fuerza tienen que parecerles extraordinarias. Efectivamente, el hombre que juzga la magnitud de la duración sólo en relación consigo mismo y no con la naturaleza, indudablemente no encontrará nunca en la realidad las lentas mutaciones que acabo de exponer y, en consecuencia, creerá necesario rechazar sin más examen mi opinión sobre estos grandes temas
Los defensores de la cronología bíblica siguieron conservando su ascendiente durante las dos primeras décadas del siglo XIX. Al acumularse las pruebas de la existencia no de un «diluvio», sino de docenas de ellos, Georges Cuvier (1811) y William Buckland (1823) recurrieron a la doctrina del catastrofismo, con su serie de destrucciones milagrosas y de creaciones, a fin de salvar la historia bíblica. Sólo a partir de 1820, la exigencia de los vulcanistas de una ampliación de la cronología comenzó a ser considerada respetable por los geólogos. Pero incluso entonces la geología continuó manteniéndose en una postura extremadamente conservadora ante la versión mosaica del origen del hombre:
las principales posiciones de la historia natural providencialista seguían estando seguras [ ...] Nadie negaba la importancia del diluvio ni sus íntimas conexiones con la historia de la especie hunana. Nadie habla impugnado la fecha reciente de la creación del hombre. De la mutabilidad de otras especies se hablaba rara vez o nunca, y el creador seguía siendo el responsable inmediato de la aparición de nuevas formas de vida [ ... ) Casi todo el mundo aceptaba implícitamente la distinción entre las causas del orden, de las presentes y otras primitivas más poderosas que éstas
LA CONTRIBUCIÓN DE CHARLES LYELL
La crisis, sacada a la luz con la publicación de los Principies ot geology, de Charles Lyell, no se produjo hasta 1830. Basando la suya en la obra de Hutton. Lyell insistió en que los procesos observables en el presente bastaban para explicar todos los fenómenos geomorfológicos. Fue este «actualísmo» sin reservas de Lyell, con la consiguiente ampliación de la cronología, lo que movió a Darwin a abandonar su postura moderada de respeto a la autoridad de las Escrituras y a convertirse en un científico resueltamente independiente. El libro de Lyell acompañó a Darwin en su viaje del Beagle. El le dio esa libertad con el tiempo que a Lamarck le había sido negada. Como escribe Haber (1959, p. 268), «poca duda puede haber de que fueron los Principles of geology, de Lyell, los que liberaron a la mente de Darwin de los grilletes de la cronología bíblica». El mismo Darwin confesaba:
"A mi me parece siempre como si mis libros salieran por mitad del cerebro de Lyell y como si yo no lo reconociera nunca suficientemente. Ni sé cómo podría hacerlo sin muchas palabras, porque siempre he pensado que el gran mérito de los Principies es que le hacen cambiar a uno toda su actitud mental"
A pesar de lo avanzado de sus ideas geológicas, Lyell siguió siendo extremadamente conservador en todo lo referente a la evolución biológica, hasta el punto de dedicar un capítulo entero de los Principles ot geology a una crítica de la teoría lamarckista de la bioevolución, capítulo que, como veremos, había de tener profunda influencia en Herbert Spencer. Las ideas de Lamarck las rechazaba sin reservas. Al tratar del origen de las formas vivas adoptaba la misma posición que su actualismo había destruido en geología. La distribución de las formas vivas en el tiempo y en el espacio la explicaba postulando una serie de creaciones continuas que introducían nuevas especies para reemplazar a las que continuamente se iban extinguiendo. Según Lyell, cada nueva especie estaba preadaptada por el Creador para sobrevivir en el conjunto de condiciones ambientales propias de un determinado momento en una determinada región del mundo. Cuando un cambio en el ambiente destruía esas condiciones, la especie en cuestión se extinguía. Sin embargo, y no obstante su recurso a las creaciones especiales, las teorías biológicas de Lyell reflejan en algo más que la mera cronología larga las principales tendencias que iban a confluir en Spencer y Darwin. Entre los cambios que producen la extinción, Lyell subrayó la primordial importancia de las modificaciones de la comunidad biótica. Dicho de otro modo, la primera causa de la extinción de unas especies era la introducción de otras. Las especies nuevas y las antiguas entablaban un combate por la supervivencia. En realidad fue esta firme creencia en la omnipresencia de la lucha por la vida la que le impidió a Lyell aceptar el evolucionismo de Lamarck, porque no podía entender cómo existiendo especies más aptas, las menos aptas podían sobrevivir durante un tiempo lo bastante largo como para reunir las modificaciones que precisamente tenían que posibilitar su supervivencia. Así Lyell, como Spencer y como Darwin, estaba esforzándose por lograr una síntesis de los temas de la lucha y del progreso. Y como Spencer y Darwín. también su modelo de la lucha se inspiraba principalmente en la condición humana. Hay aquí un actualismo (sociocultural) del que Lyell no se percató:
su ejemplo preferido de cómo la lucha por la existencia llevaba a la extinción de los tipos menos favorecidos no era otro que el conflicto entre los europeos y los salvajes: Es ocioso discutir en abstracto sobre la posibilidad de la conversión de una especie en otra cuando hay causas conocidas, mucho más activas en su naturaleza, que siempre tienen que intervenir e impedir que se consumen realmente esas conversiones, Una pálida imagen de la condena a una segura extinción de una especie menos dotada para luchar con una condición nueva en una región en la que ya habitaba previamente y donde tiene que competir con una especie más vigorosa, es la que ofrece la erradicación de algunas tribus salvajes por el avance de las colonias de alguna nación civilizada. En este ejemplo la lucha es sólo entre dos razas diferentes (...) Sin embargo, pocos acontecimientos futuros son tan seguros como el rápido exterminio de los indios de Norteamérica y de los salvajes de Nueva Holanda en el curso de unos pocos siglos, tras lo que estas tribus no se recordarán más que en la poesía y en la tradición [LYELL... 1850, página 678].
IV. LA INFLUENCIA DE LYELL SOBRE SPENCER
Una de las pruebas más claras de la inevitabilidad de las síntesis evolucionistas de Darwin y de Spencer la da la gran importancia que en los años formativos de los dos tuvo el libro de Lyell. Como en su autobiografía escribió Spencer (1926, p 359), fue la lectura de Lyell la que le convenció de que las especies evolucionaban y la que le puso en camino hacia el descubrimiento de que la evolución era la gran ley de la naturaleza. Aunque antes ya había pensado alguna vez que «la raza humana se había desarrollado a partir de alguna raza inferior» fue la lectura de aquel capítulo en que Lyell criticaba a Lamarck la que le convenció de que Lamarck tenía razón. Y ya la creencia de Spencer en la evolución «nunca más volvió a vacilar, por mucho que en los años siguientes se me ridiculizara por mantenerta» (ibidem).
Así fue cómo la refutación por Lyell del evolucionismo lamarckísta tuvo el efecto opuesto, confirmando a Darwin y a Spencer en su evolucionismo. Dándole vueltas precisamente a esta cuestión de «por qué los argumentos de Lyell tuvieron el efecto opuesto al que pretendían», Spencer menciona su aversión «a lo sobrenatural en cualquiera de sus formas» (ibidem). Probablemente hay que suponer además que el éxito del intento de Lyell de explicar la historia de la Tierra sin recurrir a milagros persuadiría a Darwin y a Spencer de la inminencia de un triunfo similar en biología. Mas en la refutación de Lamarck por Lyell había algo más a lo que Spencer no alude, pero que hace que nuestra atención se dirija otra vez a las principales tendencias ideológicas que confluyeron en las síntesis del progreso y la lucha en el evolucionismo biocultural. Al rechazar a Lamarck, Lyell rechazaba la expresión última de la fe del siglo XVIII en la perfectibilidad del género humano. Según Larnarck, la naturaleza estaba obligada por leyes inmutables a producir siempre criaturas cada vez más perfectas. Como dice Lyell:
[.. ] las especulaciones de Lamarck no conocen limites definidos; da rienda suelta a la conjetura y se imagina que la forma externa, la estructura interna, las facultades instintivas y hasta la razón misma pueden haberse desarrollado gradualmente a partir de alguno de los estados de existencia más simples; que todos los animales, que el hombre mismo y los seres irracionales pueden haber tenido un origen común: que todos pueden ser parte de un esquema continuo y progresivo de desarrollo desde lo más imperfecto a lo más complejo, y, por fin, pospone su creencia en la elevada genealogía de sus especies y, como si fuera en compensación, mira hacia adelante, hacia la futura perfectibilidad del hombre en sus atributos físicos, intelectuales y morales [LYELL, 1830, citado en 1959, p. 251].
Lo que aquí le perecía más absurdo a Lyell iba a constituir el tema central de la obra de Spencer:
la demostración de que el universo exhibía «un esquema continuo y progresivo de desarrollo. que abarcaba todos los fenómenos inorgánicos, orgánicos y superorgánicos.
V. LA CONTRIBt.lCION DE MALTHUS
Hay que señalar que en Lyell el rechazo de Lamarck era congruente con su aceptación de las teorías pesimistas del mayor de todos los enemigos de las doctrinas del progreso, Thomas Malthus. Malthus era el responsable de la introducción del concepto de la lucha por la existencia, concepto clave en las teorías de Lyell, Spencer, Darwín y Alfred Wallace. Pero dentro de este grupo sólo LyeIl aceptaba las conclusiones negativas de Malthus en lo reíativo a la perfectibilidad del hombre, a saber: que una porción considerable de la humanidad estaba para siempre condenada a la miseria por el desequilibrio existente entre la capacidad de reproducción y la capacidad de producción. El papel de Malthus en el desarrollo de las síntesis de Darwin y de Spencer puede muy bien haber sido más importante que el de Lyell. De hecho es la actitud negativa que Malthus había adoptado respecto al progreso y a la perfectibilidad la que explica por qué Darwín y Spencer reaccionaron con tanta fuerza contra el antievolucionismo de Lyell. Cada uno a su manera, Darwin y Spencer se esforzaron por probar que una parte de la teoría de Malthus era exacta y la otra errónea. Aunque lo habitual es presentar la contribución de Malthus a la teoría darwinista solo en su aspecto positivo y olvidar enteramente su contribución a la de Spencer, en realidad en ambos casos la reacción contra Malthus fue decisiva.
Veamos primero la relación entre Malthus y Darwin. Hoy es sobradamente conocido que Darwin atribuyó el «descubrimiento» del principio de la selección natural a su lectura de An essay on the principie populatíon, de Malthus (1798)...Yo llegué a la conclusión de que la selección era el principio del cambio estudiando las producciones domesticadas, y entonces, leyendo a Malthus, vi de una vez cómo podía aplicar ese principio» (1903, I, p. 118). La lectura a que se refiere la sitúa Darwin en octubre de 1838. Ahora bien, el Essay, de Malthus, estaba concebido categóricamente como una refutación de la fe de la Ilustración en el progreso. Aunque hoy se ve en él, y con justicia, la carta fundacional de la ciencia de la demografía, para Malthus su perfección en este aspecto era secundaria. Su intención principal era otra. En el prefacio a la edición ampliada de 1803 escribía: «Mi objetivo era aplicar el Essay a la verdad de aquellas especulaciones sobre la perfectibilidad del hombre y de la socíedad en las que en aquel momento se concentraba una parte considerable de la atención pública» (MALTHUS, 1803, p. I1I).
Al aludir directamente al Esquema de un cuadro histórico del progreso del espíritu humano, del marqués de Condorcet, Malthus confesaba la influencia de la Revolución francesa en su propia desilusión con la doctrina de la perfectibilidad. Candorcet, escribiendo sobre la perfectibilidad mientras estaba en prisión, «es un singular ejemplo de la adhesión de un hombre a principios que la experiencia de cada día estaba contradiciendo con resultados tan fatales para él» (ibídem, p. 354). Malthus expresaba sus propios sentimientos ante la Revolución francesa con términos muy fuertes:
El ver al espíritu humano, en una de las naciones más ilustradas del mundo, envilecido por la fermentación de pasiones repulsivas, por el temor, la crueldad, la maldad, la venganza, la locura, que habrlan deshonrado a las naciones más salvajes en las edades más bárbaras debe haber representado un choque tremendo para sus ideas del progreso necesario e inevitable del esplritu humano, un choque tal que sólo la más firme convicción de la verdad de sus principios contra todas las apariencias podía resistirlo [ibidem].
Se recordará que el esquema histórico de Condorcet concluía con unas especulaciones en torno a la posibilidad de que los avances culturales pudieran con el tiempo dar por resultado un cambio en la naturaleza física del hombre. Malthus ridiculizó esta idea basándose en la naturaleza fija de las especies. Admitía que era verdad que una crianza adecuada podía camblar a las plantas, los animales y los hombres en una medida no precísable, pero le parecía un despropósito suponer que esos cambios fueran potencialmente ilimitados. Es posible criar ovejas para obtenerlas con las patas cortas y la cabeza pequeña, pero la cabeza y las patas de esa oveja nunca serian tan pequeñas como la cabeza y las patas de una rata» (ibidem, página 361).
Irónicamente, las teorías de Darwin iban a hacer de esa hipotética oveja el menor de los portentos evolutivos. Al leer a Malthus y al descubrir gracias a él el principio de la selección natural, Darwin no podía dejar de darse cuenta de que una vez más, como en el caso de Lyell, estaba atribuyendo parte de su teoría a un hombre con quien estaba en profundo desacuerdo. Pero el fuerte atractivo de las ideas de Darwin resalta precisamente en su capacidad de unir lo que hasta entonces se habían considerado como opuestos. Al aplicar la lucha por la exístencia a la explicación del origen de las especies, las posiciones antagónicas representadas por Condorcet y por Malthus se podían armonizar. Y aún eran más las posturas irreconciliables de todo tipo que se podían reconciliar. Siguiendo a Darwin, uno podía ser un racista y creer en los límites hereditarios de una raza o de una especie y a la vez ser ecologista y saber con seguridad que no habia límites para la perfectibilidad de ninguna de las especies, incluido el hombre. Donde Malthus no podía ver más que perpetua miseria como resultado de la lucha por la supervivencia, Darwin podía ver perpetuo progreso. Donde Lyell veía extinción, Darwin veía creación. Por otro lado, mientras Condorcet atribuía el progreso a la acción de un medio favorable, Darwin lo atribuía a una lucha incesante. Y mientras Lamarck explicaba el progreso como la acumulación de un apacible esfuerzo por mejorar, Darwin lo veía como el producto de «la naturaleza, con las garras y las fauces ensangrentadas»,
VI. LA CONTRIBUCION DE DARWIN
No olvidemos que, apoyándose en Lyell, Lamarck y en una legión de otros estudiosos, Darwin elaboró una defensa científica de la evolución de las especies que por su detalle, por su rigor y por su alcance no tenía precedentes. Origin of species se atenía a normas de prueba y de lógica que antes de 1859 rara vez habían sido alcanzadas y nunca superadas. Mas esos rasgos sólo explicarían el éxito del libro dentro de un reducido círculo cepaz de apreciar las excelencias de una proeza monográfica. En cambio, por sí mismos no explican la pasión con la que lideres de la comunidad científica tan prestigiosos como sir Joseph Hooker. Thomas Huxley y Charles Lyell salieron en defensa de Darwin, ni el entusiasmo con el que lo acogíeron legiones enteras de científicos e intelectuales más jóvenes. Origin of species era mucho más que un tratado científico; era un gran libro precisamente por los temas tan diversos que en él se unían y se expresaban. Hacía patente y aceptable lo que muchas gentes, desde los científicos hasta los políticos, habían sentido oscuramente que era verdad, aunque sin ser capaces de exponerlo en palabras. Quisiera comentar aquí la afirmación de la historiadora Gertrude Himmelfarb (1959, p. 373) de que Darwín resultaba particularmente adecuado para esa tarea porque «no estaba contaminado por ninguna ideología», Se puede aceptar sin más que Darwin no estuviera «contaminado», pero no que no tuviera ninguna ideología. Al atribuir a la inspiración de Malthus su gran idea, difícilmente podría no ser consciente de las implicaciones de más largo alcance de su «lucha por la vida».
El libro de Darwin contenía un mensaje filosófico más bien preciso, a saber: la reafinnación de la existencia de leyes de la naturaleza, la inevitabilidad del progreso y la justicia del sistema de la lucha sin la que no se puede alcanzar el progreso. Según Darwín, las leyes de la naturaleza son a la vez beneficiosas y bellas. Aunque no podamos controlar la naturaleza, tampoco tenemos nada que temer de ella:
Todo lo que podernos hacer es recordar constantemente Que cada ser orgánico está esforzándose por multiplicarse en razón geométrica: que en algún periodo de su vida, en alguna estación del año, en cada generación o a intervalos, todos han de luchar por su vida y sufrir gran destrucción. Cuando pensamos en esta lucha, podemos consolarnos a nosotros mismos con la firme creencia de que la guerra de la naturaleza no es incesante, que no inspira temor, que la muerte es por lo general rápida y que el fuerte, el sano, el afortunado sobrovíve y se multiplica [DARWIN, 1958, p. 861.
En el penúltimo párrafo de Orígin of specíes, Darwin vuelve sobre el mismo tema, implicando que su teoría corroboraba la doctrina de la perfectibilidad y se oponía al pesimismo de Malthus y de Lyell:
Como todas las formas de vida existentes descienden linealmente de aquellas que vivieron mucho antes de la época cémbríca. podemos estar seguros de que la sucesión ordinaria por generación no se ha interrumpido ni una sola vez y que ningún cataclismo ha desolado al mundo entero De aquí que podamos mirar con cierta confianza a un futuro seguro de larga duración. Y como la selección natural no actúa más que por y para el bien de cada ser, todas las dotes corpóreas y mentales tienden a través del progreso hacia su perfección.
En las últimas líneas del libro, la pesadilla de Malthus se transforma en el sueño de gloria de la Divina comedia y Darwin evoca la imagen de una espesa ribera repleta con combinaciones de plantas y animales maravillosamente complejas, todas producto de la misma ley natural El libro termina con un crescendo de exaltación cuyo eco se iba a escuchar en todo lo que quedaba del siglo:
Así, de la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte resulta directamente el más excelso objeto que nosotros somos capaces de concebir, a saber: la producción de los animales superiores. Hay grandeza en esta visión de la vida, con sus varios poderes originalmente infundidos por el Creador a unas pocas formas o a una sola, y de un comienzo tan simple mientras este planeta ha seguido dando vueltas sujeto a la ley inmutable de la gravedad, han evolucionado y están evolucionando infinitas formas admirables y bellas [ibidem, p. 449].
Puede sostenerse, desde luego, que lo único que a Darwin le interesaba en su libro era la evolución orgánica, y que su idea de la perfección a través de la lucha no guardaba relación con ninguna teoría de la evolución sociocultural. Pero en el primer esquema de la teoría de la selección natural que Darwin escribió en 1842 y no publicó, ya se mostraba convencido de que la teoría incluía a todos los mamíferos sin excepción. Como Gertrude Himmelfarb reconoce (1959, p. 290), si en Origin of species Darwin no abordó el tema de la evolución humana fue para que su libro fuera juzgado imparcial y desapasionadamente».
Doce años habían de transcurrir entre Origin of species y la publicación de Desent of man, el libro en el que Darwin se plantea especificamente la cuestión de la relación entre la selección natural y la evolución humana. Pero para 1871 ya se le había anticipado la versión spenceriana de la «supervivencia del más fuerte. con su aplicación de la teoría biológica a la evolución sociocultural.
VII. EL RACISMO DE DARWIN
¿Fué Darwin un determinista racial? ¿Situaba él las diferencias raciales en el marco de la «supervivencia del más fuerte»? Sería sorprendente de verdad que Darwin hubiera sido prácticamente el único entre sus contemporáneos capaz de no rendirse a la biologización de la historia. Pero la cuestión se plantea (cf. HIMMELFARB, 1959, p. 298) porque, en Descent of man, Darwin se manifestó contrario a la acreditada opinión, que se remontaba a Blumenbach y a Buffon, de que los rasgos del tipo del color de la piel o la forma del cabello fueran útiles para la supervivencia. En consecuencia, negaba explícitamente que esos rasgos raciales pudieran haberse establecído primariamente por selección natural. El principio que él proponía para explicar las diferencias raciales humanas no era la selección natural, sino la selección sexual:
Por mi parte, mi propia conclusión es que de todas las causas que han producido las diferencias de apariencia externa entre las razas del hombre y hasta cierto punto entre el hombre y los animales inferiores, la selección sexual ha sido, con mucho, la más eficaz [DARWIN, 1871, 11, p. 367].
Hay que dejar en claro, sin embargo, que Darwin no concebía la selección sexual como si fuera opuesta a la selección natural, del mismo modo que tampoco creía que la selección natural excluyera la posibilidad de la evolución por el uso y desuso lamarckista. Al introducir el principio de la selección sexual, Darwin esperaba explicar aquellos rasgos de los organismos que no parecían ser útiles en la lucha por la supervivencia. Las astas del venado y las plumas del pavo real son los dos ejemplos clásicos que escogió en el nivel subhumano. Mientras no desequilibraran la balanza desfavorablemente para la supervivencia, rasgos como esos podian desarrollarse por diversas, vías si conferían determinadas ventajas para el apareamiento.
En el hombre, los rasgos equivalentes, en opinión de Darwin, eran aquellos aspectos de las diferencias raciales -color de la piel, forma del cabello, color de los ojos, forma y tamaño de la nariz y de los labios- que durante largo tiempo se había supuesto generalmente que debían guardar conexión con algo vital para el funcionamiento del organismo humano en las diferentes regiones del mundo. El objetivo expreso de Descent of man, apoyado en una digresión que ocupa varios capítulos sobre ejemplos tomados de los organismos inferiores, era probar que la selección sexual explicaba las diferencias raciales externas entre los hombres mejor que la selección natural. Esta era una posición perfectamente respetable y hoy día son bastantes los antropólogos físicos y los biólogos que continúan defendiéndola. Mas Darwin no dudó ni por un momento que entre las razas había también importantes diferencias internas y que éstas se establecían por selección natural.
Al señalar que «ni una sola de las diferencias externas entre las razas del hombre son de valor directo para él», y que, en consecuencia, no pueden adquirirse por selección natural, hace excepción expresa de todos aquellos rasgos raciales que son significativos en la cuestión de los diferentes ritmos de progreso hacia la civilización: «Las facultades intelectuales y morales, o sociales, deben indudablemente exceptuarse de esta observación; pero las diferencias en esas facultades no pueden haber tenido ninguna influencia, o en todo caso sólo una muy pequeña, en los caracteres externos» (DARWIN, 1871, 11, p. 239).
VIII. LA VERSION DARWINISTA DEL PROGRESO A TRAVÉS DE LA LUCHA
La ideología del progreso a través de la lucha, que Darwin aceptaba
LA GEOLOGIA MUESTRA EL CAMINO
Durante la mayor parte del siglo XVIII la incipiente disciplina geológica languideció bajo la tutela de la autoridad de la Biblia. Excepto por las modificaciones que habia introducido el diluvio, se consideraba que la Tierra había preservado la forma que recibió al comienzo de los tiempos. Una gran parte del esfuerzo de los estudiosos se consagró a probar que el Génesis y los estratos de la Tierra contaban una misma historia. Los depósitos alpinos con restos de vida marina se celebraban como confirmación de la presencia en otros tiempos de aguas lo bastante profundas como para sumergir las más altas cumbres. Los fósiles de animales extintos no planteaban problema: simplemente probaban que no todas las criaturas antediluvianas habían conseguido refugiarse en el arca de Noé.
Cuando la historia de la Tierra empezó a ser estudiada desde un punto de vista geológico, se supuso simplemente que el diluvio universal tenía que haber producido cambios ingentes y que habría sido un agente primario en la formación de la 'superficie actual del globo. Su existencia daba prueba de que Dios regia el mundo además de haberlo creado Entre los geólogos, Theorv of the Earth (1788). de James Hutton, el fundador de la llamada escuela vulcanista, representó la primera refutación consecuente de este punto de vista. Las teorías de Hutton rechazaban la explicación que de los estratos de la Tierra daba la escuela neptunista. Esta última estaba representada en Gran Bretaña por Robert Jameson, a su vez discípulo del fundador del neptunismo, Gottlieb Wemer, profesor de míneralogía en Friburgo de Sajonia. Inspirándose en la narración bíblica.
Wemer y Jameson sostenían que todas las rocas de la Tierra se habían precipitado de una solución marina en varios estadios bien definidos que correspondían a los estadios de la creación y que desde entonces habían ocupado su lugar fijo en los correspondientes estratos geológicos. Hutton, por su parte, eludió por completo el tema de la creación e intentó interpretar los rasgos geomorfológicos en función de los efectos acumulativos de los procesos naturales físico-químicos, tales como el calor, la presión y las varias formas de acción de la intemperie. En lo tocante a la edad de la Tierra, las implicaciones de esta interpretación de Hutton resultaban heréticas, ya que lo que hasta entonces se había atribuido a la acción de cataclismos instantáneos pasaba a presentarse como el efecto paciente de fuerzas relativamente pequeñas que actuaban a lo largo de dilatados periodos de tiempo.
PRECEDENTES EN EL SIGLO XVIII
Es interesante señalar que las ideas de Hutton tuvieron un precedente en el siglo XVIII en una serie de hipótesis más osadas, aunque geológicamente menos documentadas. Georges Buffon, inspirándose en Gottfried Leibniz, había realizado incluso una serie de experimentos con bolas de hierro calientes en un intento de fechar el origen de la Tierra. Partiendo de la suposición de que originariamente la Tierra había sido una masa fundida, Buffon trató de calcular el tiempo que habría necesitado para enfriarse hasta su temperatura actual. En Epocas de la naturaleza llegó a la conclusión de que habían transcurrido como mínimo setenta y cinco mil años, pero por respeto a la narración bíblica se abstuvo deliberadamente de dar las fechas máximas. Immanuel Kant propuso una hipótesis más audaz. En su Historia natural universal y teoría de los cielos postulaba un universo infinito en el que «transcurren millones y miles de millones de siglos durante los cuales se crean siempre nuevos mundos y sistemas de mundos. Hubo aún muchos más tanteos de tipo parecido, especialmente entre los filósofos como d'Holbach y Diderot, hasta el extremo de que Haber ve en los neptunistas discípulos de Werner una reacción contra las tendencias antimosaicas de mediados del XVIII. Pero para el tiempo en que Lamarck escribió su Hidrogeología (1802) ya no se sostenía ninguna alternativa seria frente a la cronología corta. La hipótesis de Lamarck de que la Tierra tenía varios miles de millones de años de existencia fue recibida todavía con más desprecio que su idea de que los hombres descendían de los peces. El propio Lamarck consideraba que el principal obstáculo que se oponía a la aceptación de su idea de una evolución orgánica era la resistencia con que tropezaba la cronología larga. Y ello le hacía desesperar de IIegar a convencer a sus contemporáneos de los errores del empirismo de Werner con su adhesión servil a la narración mosaica:
Estas consideraciones, ya lo sé, no se han expuesto nunca en ningún otro lugar que en mi Hídrogeología, y al no haber obtenido el serio examen que creo que merecen, Incluso a las más ilustradas personas por fuerza tienen que parecerles extraordinarias. Efectivamente, el hombre que juzga la magnitud de la duración sólo en relación consigo mismo y no con la naturaleza, indudablemente no encontrará nunca en la realidad las lentas mutaciones que acabo de exponer y, en consecuencia, creerá necesario rechazar sin más examen mi opinión sobre estos grandes temas
Los defensores de la cronología bíblica siguieron conservando su ascendiente durante las dos primeras décadas del siglo XIX. Al acumularse las pruebas de la existencia no de un «diluvio», sino de docenas de ellos, Georges Cuvier (1811) y William Buckland (1823) recurrieron a la doctrina del catastrofismo, con su serie de destrucciones milagrosas y de creaciones, a fin de salvar la historia bíblica. Sólo a partir de 1820, la exigencia de los vulcanistas de una ampliación de la cronología comenzó a ser considerada respetable por los geólogos. Pero incluso entonces la geología continuó manteniéndose en una postura extremadamente conservadora ante la versión mosaica del origen del hombre:
las principales posiciones de la historia natural providencialista seguían estando seguras [ ...] Nadie negaba la importancia del diluvio ni sus íntimas conexiones con la historia de la especie hunana. Nadie habla impugnado la fecha reciente de la creación del hombre. De la mutabilidad de otras especies se hablaba rara vez o nunca, y el creador seguía siendo el responsable inmediato de la aparición de nuevas formas de vida [ ... ) Casi todo el mundo aceptaba implícitamente la distinción entre las causas del orden, de las presentes y otras primitivas más poderosas que éstas
LA CONTRIBUCIÓN DE CHARLES LYELL
La crisis, sacada a la luz con la publicación de los Principies ot geology, de Charles Lyell, no se produjo hasta 1830. Basando la suya en la obra de Hutton. Lyell insistió en que los procesos observables en el presente bastaban para explicar todos los fenómenos geomorfológicos. Fue este «actualísmo» sin reservas de Lyell, con la consiguiente ampliación de la cronología, lo que movió a Darwin a abandonar su postura moderada de respeto a la autoridad de las Escrituras y a convertirse en un científico resueltamente independiente. El libro de Lyell acompañó a Darwin en su viaje del Beagle. El le dio esa libertad con el tiempo que a Lamarck le había sido negada. Como escribe Haber (1959, p. 268), «poca duda puede haber de que fueron los Principles of geology, de Lyell, los que liberaron a la mente de Darwin de los grilletes de la cronología bíblica». El mismo Darwin confesaba:
"A mi me parece siempre como si mis libros salieran por mitad del cerebro de Lyell y como si yo no lo reconociera nunca suficientemente. Ni sé cómo podría hacerlo sin muchas palabras, porque siempre he pensado que el gran mérito de los Principies es que le hacen cambiar a uno toda su actitud mental"
A pesar de lo avanzado de sus ideas geológicas, Lyell siguió siendo extremadamente conservador en todo lo referente a la evolución biológica, hasta el punto de dedicar un capítulo entero de los Principles ot geology a una crítica de la teoría lamarckista de la bioevolución, capítulo que, como veremos, había de tener profunda influencia en Herbert Spencer. Las ideas de Lamarck las rechazaba sin reservas. Al tratar del origen de las formas vivas adoptaba la misma posición que su actualismo había destruido en geología. La distribución de las formas vivas en el tiempo y en el espacio la explicaba postulando una serie de creaciones continuas que introducían nuevas especies para reemplazar a las que continuamente se iban extinguiendo. Según Lyell, cada nueva especie estaba preadaptada por el Creador para sobrevivir en el conjunto de condiciones ambientales propias de un determinado momento en una determinada región del mundo. Cuando un cambio en el ambiente destruía esas condiciones, la especie en cuestión se extinguía. Sin embargo, y no obstante su recurso a las creaciones especiales, las teorías biológicas de Lyell reflejan en algo más que la mera cronología larga las principales tendencias que iban a confluir en Spencer y Darwin. Entre los cambios que producen la extinción, Lyell subrayó la primordial importancia de las modificaciones de la comunidad biótica. Dicho de otro modo, la primera causa de la extinción de unas especies era la introducción de otras. Las especies nuevas y las antiguas entablaban un combate por la supervivencia. En realidad fue esta firme creencia en la omnipresencia de la lucha por la vida la que le impidió a Lyell aceptar el evolucionismo de Lamarck, porque no podía entender cómo existiendo especies más aptas, las menos aptas podían sobrevivir durante un tiempo lo bastante largo como para reunir las modificaciones que precisamente tenían que posibilitar su supervivencia. Así Lyell, como Spencer y como Darwin, estaba esforzándose por lograr una síntesis de los temas de la lucha y del progreso. Y como Spencer y Darwín. también su modelo de la lucha se inspiraba principalmente en la condición humana. Hay aquí un actualismo (sociocultural) del que Lyell no se percató:
su ejemplo preferido de cómo la lucha por la existencia llevaba a la extinción de los tipos menos favorecidos no era otro que el conflicto entre los europeos y los salvajes: Es ocioso discutir en abstracto sobre la posibilidad de la conversión de una especie en otra cuando hay causas conocidas, mucho más activas en su naturaleza, que siempre tienen que intervenir e impedir que se consumen realmente esas conversiones, Una pálida imagen de la condena a una segura extinción de una especie menos dotada para luchar con una condición nueva en una región en la que ya habitaba previamente y donde tiene que competir con una especie más vigorosa, es la que ofrece la erradicación de algunas tribus salvajes por el avance de las colonias de alguna nación civilizada. En este ejemplo la lucha es sólo entre dos razas diferentes (...) Sin embargo, pocos acontecimientos futuros son tan seguros como el rápido exterminio de los indios de Norteamérica y de los salvajes de Nueva Holanda en el curso de unos pocos siglos, tras lo que estas tribus no se recordarán más que en la poesía y en la tradición [LYELL... 1850, página 678].
IV. LA INFLUENCIA DE LYELL SOBRE SPENCER
Una de las pruebas más claras de la inevitabilidad de las síntesis evolucionistas de Darwin y de Spencer la da la gran importancia que en los años formativos de los dos tuvo el libro de Lyell. Como en su autobiografía escribió Spencer (1926, p 359), fue la lectura de Lyell la que le convenció de que las especies evolucionaban y la que le puso en camino hacia el descubrimiento de que la evolución era la gran ley de la naturaleza. Aunque antes ya había pensado alguna vez que «la raza humana se había desarrollado a partir de alguna raza inferior» fue la lectura de aquel capítulo en que Lyell criticaba a Lamarck la que le convenció de que Lamarck tenía razón. Y ya la creencia de Spencer en la evolución «nunca más volvió a vacilar, por mucho que en los años siguientes se me ridiculizara por mantenerta» (ibidem).
Así fue cómo la refutación por Lyell del evolucionismo lamarckísta tuvo el efecto opuesto, confirmando a Darwin y a Spencer en su evolucionismo. Dándole vueltas precisamente a esta cuestión de «por qué los argumentos de Lyell tuvieron el efecto opuesto al que pretendían», Spencer menciona su aversión «a lo sobrenatural en cualquiera de sus formas» (ibidem). Probablemente hay que suponer además que el éxito del intento de Lyell de explicar la historia de la Tierra sin recurrir a milagros persuadiría a Darwin y a Spencer de la inminencia de un triunfo similar en biología. Mas en la refutación de Lamarck por Lyell había algo más a lo que Spencer no alude, pero que hace que nuestra atención se dirija otra vez a las principales tendencias ideológicas que confluyeron en las síntesis del progreso y la lucha en el evolucionismo biocultural. Al rechazar a Lamarck, Lyell rechazaba la expresión última de la fe del siglo XVIII en la perfectibilidad del género humano. Según Larnarck, la naturaleza estaba obligada por leyes inmutables a producir siempre criaturas cada vez más perfectas. Como dice Lyell:
[.. ] las especulaciones de Lamarck no conocen limites definidos; da rienda suelta a la conjetura y se imagina que la forma externa, la estructura interna, las facultades instintivas y hasta la razón misma pueden haberse desarrollado gradualmente a partir de alguno de los estados de existencia más simples; que todos los animales, que el hombre mismo y los seres irracionales pueden haber tenido un origen común: que todos pueden ser parte de un esquema continuo y progresivo de desarrollo desde lo más imperfecto a lo más complejo, y, por fin, pospone su creencia en la elevada genealogía de sus especies y, como si fuera en compensación, mira hacia adelante, hacia la futura perfectibilidad del hombre en sus atributos físicos, intelectuales y morales [LYELL, 1830, citado en 1959, p. 251].
Lo que aquí le perecía más absurdo a Lyell iba a constituir el tema central de la obra de Spencer:
la demostración de que el universo exhibía «un esquema continuo y progresivo de desarrollo. que abarcaba todos los fenómenos inorgánicos, orgánicos y superorgánicos.
V. LA CONTRIBt.lCION DE MALTHUS
Hay que señalar que en Lyell el rechazo de Lamarck era congruente con su aceptación de las teorías pesimistas del mayor de todos los enemigos de las doctrinas del progreso, Thomas Malthus. Malthus era el responsable de la introducción del concepto de la lucha por la existencia, concepto clave en las teorías de Lyell, Spencer, Darwín y Alfred Wallace. Pero dentro de este grupo sólo LyeIl aceptaba las conclusiones negativas de Malthus en lo reíativo a la perfectibilidad del hombre, a saber: que una porción considerable de la humanidad estaba para siempre condenada a la miseria por el desequilibrio existente entre la capacidad de reproducción y la capacidad de producción. El papel de Malthus en el desarrollo de las síntesis de Darwin y de Spencer puede muy bien haber sido más importante que el de Lyell. De hecho es la actitud negativa que Malthus había adoptado respecto al progreso y a la perfectibilidad la que explica por qué Darwín y Spencer reaccionaron con tanta fuerza contra el antievolucionismo de Lyell. Cada uno a su manera, Darwin y Spencer se esforzaron por probar que una parte de la teoría de Malthus era exacta y la otra errónea. Aunque lo habitual es presentar la contribución de Malthus a la teoría darwinista solo en su aspecto positivo y olvidar enteramente su contribución a la de Spencer, en realidad en ambos casos la reacción contra Malthus fue decisiva.
Veamos primero la relación entre Malthus y Darwin. Hoy es sobradamente conocido que Darwin atribuyó el «descubrimiento» del principio de la selección natural a su lectura de An essay on the principie populatíon, de Malthus (1798)...Yo llegué a la conclusión de que la selección era el principio del cambio estudiando las producciones domesticadas, y entonces, leyendo a Malthus, vi de una vez cómo podía aplicar ese principio» (1903, I, p. 118). La lectura a que se refiere la sitúa Darwin en octubre de 1838. Ahora bien, el Essay, de Malthus, estaba concebido categóricamente como una refutación de la fe de la Ilustración en el progreso. Aunque hoy se ve en él, y con justicia, la carta fundacional de la ciencia de la demografía, para Malthus su perfección en este aspecto era secundaria. Su intención principal era otra. En el prefacio a la edición ampliada de 1803 escribía: «Mi objetivo era aplicar el Essay a la verdad de aquellas especulaciones sobre la perfectibilidad del hombre y de la socíedad en las que en aquel momento se concentraba una parte considerable de la atención pública» (MALTHUS, 1803, p. I1I).
Al aludir directamente al Esquema de un cuadro histórico del progreso del espíritu humano, del marqués de Condorcet, Malthus confesaba la influencia de la Revolución francesa en su propia desilusión con la doctrina de la perfectibilidad. Candorcet, escribiendo sobre la perfectibilidad mientras estaba en prisión, «es un singular ejemplo de la adhesión de un hombre a principios que la experiencia de cada día estaba contradiciendo con resultados tan fatales para él» (ibídem, p. 354). Malthus expresaba sus propios sentimientos ante la Revolución francesa con términos muy fuertes:
El ver al espíritu humano, en una de las naciones más ilustradas del mundo, envilecido por la fermentación de pasiones repulsivas, por el temor, la crueldad, la maldad, la venganza, la locura, que habrlan deshonrado a las naciones más salvajes en las edades más bárbaras debe haber representado un choque tremendo para sus ideas del progreso necesario e inevitable del esplritu humano, un choque tal que sólo la más firme convicción de la verdad de sus principios contra todas las apariencias podía resistirlo [ibidem].
Se recordará que el esquema histórico de Condorcet concluía con unas especulaciones en torno a la posibilidad de que los avances culturales pudieran con el tiempo dar por resultado un cambio en la naturaleza física del hombre. Malthus ridiculizó esta idea basándose en la naturaleza fija de las especies. Admitía que era verdad que una crianza adecuada podía camblar a las plantas, los animales y los hombres en una medida no precísable, pero le parecía un despropósito suponer que esos cambios fueran potencialmente ilimitados. Es posible criar ovejas para obtenerlas con las patas cortas y la cabeza pequeña, pero la cabeza y las patas de esa oveja nunca serian tan pequeñas como la cabeza y las patas de una rata» (ibidem, página 361).
Irónicamente, las teorías de Darwin iban a hacer de esa hipotética oveja el menor de los portentos evolutivos. Al leer a Malthus y al descubrir gracias a él el principio de la selección natural, Darwin no podía dejar de darse cuenta de que una vez más, como en el caso de Lyell, estaba atribuyendo parte de su teoría a un hombre con quien estaba en profundo desacuerdo. Pero el fuerte atractivo de las ideas de Darwin resalta precisamente en su capacidad de unir lo que hasta entonces se habían considerado como opuestos. Al aplicar la lucha por la exístencia a la explicación del origen de las especies, las posiciones antagónicas representadas por Condorcet y por Malthus se podían armonizar. Y aún eran más las posturas irreconciliables de todo tipo que se podían reconciliar. Siguiendo a Darwin, uno podía ser un racista y creer en los límites hereditarios de una raza o de una especie y a la vez ser ecologista y saber con seguridad que no habia límites para la perfectibilidad de ninguna de las especies, incluido el hombre. Donde Malthus no podía ver más que perpetua miseria como resultado de la lucha por la supervivencia, Darwin podía ver perpetuo progreso. Donde Lyell veía extinción, Darwin veía creación. Por otro lado, mientras Condorcet atribuía el progreso a la acción de un medio favorable, Darwin lo atribuía a una lucha incesante. Y mientras Lamarck explicaba el progreso como la acumulación de un apacible esfuerzo por mejorar, Darwin lo veía como el producto de «la naturaleza, con las garras y las fauces ensangrentadas»,
VI. LA CONTRIBUCION DE DARWIN
No olvidemos que, apoyándose en Lyell, Lamarck y en una legión de otros estudiosos, Darwin elaboró una defensa científica de la evolución de las especies que por su detalle, por su rigor y por su alcance no tenía precedentes. Origin of species se atenía a normas de prueba y de lógica que antes de 1859 rara vez habían sido alcanzadas y nunca superadas. Mas esos rasgos sólo explicarían el éxito del libro dentro de un reducido círculo cepaz de apreciar las excelencias de una proeza monográfica. En cambio, por sí mismos no explican la pasión con la que lideres de la comunidad científica tan prestigiosos como sir Joseph Hooker. Thomas Huxley y Charles Lyell salieron en defensa de Darwin, ni el entusiasmo con el que lo acogíeron legiones enteras de científicos e intelectuales más jóvenes. Origin of species era mucho más que un tratado científico; era un gran libro precisamente por los temas tan diversos que en él se unían y se expresaban. Hacía patente y aceptable lo que muchas gentes, desde los científicos hasta los políticos, habían sentido oscuramente que era verdad, aunque sin ser capaces de exponerlo en palabras. Quisiera comentar aquí la afirmación de la historiadora Gertrude Himmelfarb (1959, p. 373) de que Darwín resultaba particularmente adecuado para esa tarea porque «no estaba contaminado por ninguna ideología», Se puede aceptar sin más que Darwin no estuviera «contaminado», pero no que no tuviera ninguna ideología. Al atribuir a la inspiración de Malthus su gran idea, difícilmente podría no ser consciente de las implicaciones de más largo alcance de su «lucha por la vida».
El libro de Darwin contenía un mensaje filosófico más bien preciso, a saber: la reafinnación de la existencia de leyes de la naturaleza, la inevitabilidad del progreso y la justicia del sistema de la lucha sin la que no se puede alcanzar el progreso. Según Darwín, las leyes de la naturaleza son a la vez beneficiosas y bellas. Aunque no podamos controlar la naturaleza, tampoco tenemos nada que temer de ella:
Todo lo que podernos hacer es recordar constantemente Que cada ser orgánico está esforzándose por multiplicarse en razón geométrica: que en algún periodo de su vida, en alguna estación del año, en cada generación o a intervalos, todos han de luchar por su vida y sufrir gran destrucción. Cuando pensamos en esta lucha, podemos consolarnos a nosotros mismos con la firme creencia de que la guerra de la naturaleza no es incesante, que no inspira temor, que la muerte es por lo general rápida y que el fuerte, el sano, el afortunado sobrovíve y se multiplica [DARWIN, 1958, p. 861.
En el penúltimo párrafo de Orígin of specíes, Darwin vuelve sobre el mismo tema, implicando que su teoría corroboraba la doctrina de la perfectibilidad y se oponía al pesimismo de Malthus y de Lyell:
Como todas las formas de vida existentes descienden linealmente de aquellas que vivieron mucho antes de la época cémbríca. podemos estar seguros de que la sucesión ordinaria por generación no se ha interrumpido ni una sola vez y que ningún cataclismo ha desolado al mundo entero De aquí que podamos mirar con cierta confianza a un futuro seguro de larga duración. Y como la selección natural no actúa más que por y para el bien de cada ser, todas las dotes corpóreas y mentales tienden a través del progreso hacia su perfección.
En las últimas líneas del libro, la pesadilla de Malthus se transforma en el sueño de gloria de la Divina comedia y Darwin evoca la imagen de una espesa ribera repleta con combinaciones de plantas y animales maravillosamente complejas, todas producto de la misma ley natural El libro termina con un crescendo de exaltación cuyo eco se iba a escuchar en todo lo que quedaba del siglo:
Así, de la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte resulta directamente el más excelso objeto que nosotros somos capaces de concebir, a saber: la producción de los animales superiores. Hay grandeza en esta visión de la vida, con sus varios poderes originalmente infundidos por el Creador a unas pocas formas o a una sola, y de un comienzo tan simple mientras este planeta ha seguido dando vueltas sujeto a la ley inmutable de la gravedad, han evolucionado y están evolucionando infinitas formas admirables y bellas [ibidem, p. 449].
Puede sostenerse, desde luego, que lo único que a Darwin le interesaba en su libro era la evolución orgánica, y que su idea de la perfección a través de la lucha no guardaba relación con ninguna teoría de la evolución sociocultural. Pero en el primer esquema de la teoría de la selección natural que Darwin escribió en 1842 y no publicó, ya se mostraba convencido de que la teoría incluía a todos los mamíferos sin excepción. Como Gertrude Himmelfarb reconoce (1959, p. 290), si en Origin of species Darwin no abordó el tema de la evolución humana fue para que su libro fuera juzgado imparcial y desapasionadamente».
Doce años habían de transcurrir entre Origin of species y la publicación de Desent of man, el libro en el que Darwin se plantea especificamente la cuestión de la relación entre la selección natural y la evolución humana. Pero para 1871 ya se le había anticipado la versión spenceriana de la «supervivencia del más fuerte. con su aplicación de la teoría biológica a la evolución sociocultural.
VII. EL RACISMO DE DARWIN
¿Fué Darwin un determinista racial? ¿Situaba él las diferencias raciales en el marco de la «supervivencia del más fuerte»? Sería sorprendente de verdad que Darwin hubiera sido prácticamente el único entre sus contemporáneos capaz de no rendirse a la biologización de la historia. Pero la cuestión se plantea (cf. HIMMELFARB, 1959, p. 298) porque, en Descent of man, Darwin se manifestó contrario a la acreditada opinión, que se remontaba a Blumenbach y a Buffon, de que los rasgos del tipo del color de la piel o la forma del cabello fueran útiles para la supervivencia. En consecuencia, negaba explícitamente que esos rasgos raciales pudieran haberse establecído primariamente por selección natural. El principio que él proponía para explicar las diferencias raciales humanas no era la selección natural, sino la selección sexual:
Por mi parte, mi propia conclusión es que de todas las causas que han producido las diferencias de apariencia externa entre las razas del hombre y hasta cierto punto entre el hombre y los animales inferiores, la selección sexual ha sido, con mucho, la más eficaz [DARWIN, 1871, 11, p. 367].
Hay que dejar en claro, sin embargo, que Darwin no concebía la selección sexual como si fuera opuesta a la selección natural, del mismo modo que tampoco creía que la selección natural excluyera la posibilidad de la evolución por el uso y desuso lamarckista. Al introducir el principio de la selección sexual, Darwin esperaba explicar aquellos rasgos de los organismos que no parecían ser útiles en la lucha por la supervivencia. Las astas del venado y las plumas del pavo real son los dos ejemplos clásicos que escogió en el nivel subhumano. Mientras no desequilibraran la balanza desfavorablemente para la supervivencia, rasgos como esos podian desarrollarse por diversas, vías si conferían determinadas ventajas para el apareamiento.
En el hombre, los rasgos equivalentes, en opinión de Darwin, eran aquellos aspectos de las diferencias raciales -color de la piel, forma del cabello, color de los ojos, forma y tamaño de la nariz y de los labios- que durante largo tiempo se había supuesto generalmente que debían guardar conexión con algo vital para el funcionamiento del organismo humano en las diferentes regiones del mundo. El objetivo expreso de Descent of man, apoyado en una digresión que ocupa varios capítulos sobre ejemplos tomados de los organismos inferiores, era probar que la selección sexual explicaba las diferencias raciales externas entre los hombres mejor que la selección natural. Esta era una posición perfectamente respetable y hoy día son bastantes los antropólogos físicos y los biólogos que continúan defendiéndola. Mas Darwin no dudó ni por un momento que entre las razas había también importantes diferencias internas y que éstas se establecían por selección natural.
Al señalar que «ni una sola de las diferencias externas entre las razas del hombre son de valor directo para él», y que, en consecuencia, no pueden adquirirse por selección natural, hace excepción expresa de todos aquellos rasgos raciales que son significativos en la cuestión de los diferentes ritmos de progreso hacia la civilización: «Las facultades intelectuales y morales, o sociales, deben indudablemente exceptuarse de esta observación; pero las diferencias en esas facultades no pueden haber tenido ninguna influencia, o en todo caso sólo una muy pequeña, en los caracteres externos» (DARWIN, 1871, 11, p. 239).
VIII. LA VERSION DARWINISTA DEL PROGRESO A TRAVÉS DE LA LUCHA
La ideología del progreso a través de la lucha, que Darwin aceptaba
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