A menos que pensemos previamente de las cosas que son «sustancias» que permanecen a pesar de las variaciones a que se ven sometidas, que se interrelacionan unas con otras como «causa y efecto», que interaccionan en «reciprocidad» unas con otras, que pertenecen a la «realidad» o no, que ser una cosa es «no ser todas las otras», que las cosas son «unas», o «muchas» o que configuran una «totalidad», o que son «posibles» o «existentes» o hasta «necesarias» -a menos, en fin, que pensemos de acuerdo con todas estas categorías-, no será posible ninguna síntesis intelectual, ninguna comprensión de lo percibido sensorialmente: no podremos llamar a nuestro conocer «conocimiento objetivo».
Éstas son, según Kant, las ideas fundamentales de nuestra mente que, para Descartes y Leibniz, son ideas innatas y que, para él, son conceptos puros del entendimiento y, por lo mismo, condiciones a priori universales y necesarias de todo conocer propiamente humano. Así como espacio y tiempo, las formas a priori de la sensibilidad, hacen posible intuir un objeto, así también los conceptos puros del entendimiento hacen posible pensar un objeto. De no ser así, la mente humana no superaría la animal, para la cual sólo existen objetos intuidos y no pensados -sensaciones y perceptos, pero no conceptos-, de la misma forma que, para el animal no humano, no existe una naturaleza comprendida. Si el mundo percibido por el hombre no ha de ser absurdo y confuso, ha de someterse también a su manera de pensar, igual como se somete a su forma de percibir todo objeto sensiblemente conocido. La experiencia objetiva sólo es posible mediante el uso de las categorías, o formas a priori del entendimiento.
Éstas son, según Kant, las ideas fundamentales de nuestra mente que, para Descartes y Leibniz, son ideas innatas y que, para él, son conceptos puros del entendimiento y, por lo mismo, condiciones a priori universales y necesarias de todo conocer propiamente humano. Así como espacio y tiempo, las formas a priori de la sensibilidad, hacen posible intuir un objeto, así también los conceptos puros del entendimiento hacen posible pensar un objeto. De no ser así, la mente humana no superaría la animal, para la cual sólo existen objetos intuidos y no pensados -sensaciones y perceptos, pero no conceptos-, de la misma forma que, para el animal no humano, no existe una naturaleza comprendida. Si el mundo percibido por el hombre no ha de ser absurdo y confuso, ha de someterse también a su manera de pensar, igual como se somete a su forma de percibir todo objeto sensiblemente conocido. La experiencia objetiva sólo es posible mediante el uso de las categorías, o formas a priori del entendimiento.
Todo conocimiento de un objeto - toda síntesis de una multiplicidad- lo lleva a cabo un sujeto: algo es objeto porque se enfrenta a una conciencia que actúa como sujeto, que realiza la unidad. Nada es objeto conocido -incluso empírico, una manzana, por ejemplo- sin la conciencia que, percibiéndolo, unifica el conjunto diversificado de su olor, su sabor, su forma, su color, su peso, etc. De la misma manera, también cuando se trata, no del conocimiento empírico de algo, sino de la mera posibilidad de que algo exista como objeto de experiencia, hay que presuponer una conciencia que ha de ser (lógicamente) anterior al objeto. Condición previa a todo objeto posible de la experiencia es, por tanto, la existencia de una conciencia que sea razón y origen de la unidad y de la síntesis. A esta exigencia lógica de todo conocer la llama Kant «unidad trascendental de la conciencia», «unidad sintética y originaria de la apercepción», «yo trascendental» (para diferenciarlo de un «yo empírico», que es el que puede experimentarse en cualquier momento dado), o también, remitiéndose a Descartes, simplemente el «yo pienso», del que dice que «tiene que poder acompañar todas mis representaciones» .
Ninguna experiencia de conocimiento es posible sin la existencia de este yo trascendental, punto hacia donde convergen, a través de sucesivas síntesis, la multiplicidad y dispersión de la experiencia. Las categorías o los conceptos puros del entendimiento son el medio como el yo realiza tal síntesis. Por eso mismo, no hay objeto posible de la experiencia si no es por el uso de las categorías y, en general, no hay objeto posible alguno sin un posible sujeto: su unidad originaria es, en definitiva, el responsable último de la posibilidad de que sean posibles los juicios sintéticos a priori. Éste es el origen de la objetividad o del conocimiento objetivo: todo lo que es objeto de conocimiento lo es porque es algo susceptible de ser pensado según las categorías del entendimiento. Y, por lo mismo, también éste es el origen de la intersubjetividad y de la posibilidad de la ciencia.
De esta manera el entendimiento se convierte en legislador de la naturaleza: porque impone las reglas o leyes (a priori) a las que está sometida la experiencia . No precisamente las leyes empíricas de la naturaleza -las de Newton, por ejemplo-, que provienen de la observación o de algún conocimiento empírico, sino las trascendentales, que hacen posibles aquéllas, y hasta impulsan a la mente humana a hallarlas Así como el conocimiento es objetivo porque las categorías son «objetivamente válidas», así también las categorías sólo pueden utilizarse para construir la realidad objetiva. La deducción trascendental de las mismas -a saber, que sean necesariamente constitutivas del conocimiento- delimita el ámbito en que pueden utilizarse.
Ninguna experiencia de conocimiento es posible sin la existencia de este yo trascendental, punto hacia donde convergen, a través de sucesivas síntesis, la multiplicidad y dispersión de la experiencia. Las categorías o los conceptos puros del entendimiento son el medio como el yo realiza tal síntesis. Por eso mismo, no hay objeto posible de la experiencia si no es por el uso de las categorías y, en general, no hay objeto posible alguno sin un posible sujeto: su unidad originaria es, en definitiva, el responsable último de la posibilidad de que sean posibles los juicios sintéticos a priori. Éste es el origen de la objetividad o del conocimiento objetivo: todo lo que es objeto de conocimiento lo es porque es algo susceptible de ser pensado según las categorías del entendimiento. Y, por lo mismo, también éste es el origen de la intersubjetividad y de la posibilidad de la ciencia.
De esta manera el entendimiento se convierte en legislador de la naturaleza: porque impone las reglas o leyes (a priori) a las que está sometida la experiencia . No precisamente las leyes empíricas de la naturaleza -las de Newton, por ejemplo-, que provienen de la observación o de algún conocimiento empírico, sino las trascendentales, que hacen posibles aquéllas, y hasta impulsan a la mente humana a hallarlas Así como el conocimiento es objetivo porque las categorías son «objetivamente válidas», así también las categorías sólo pueden utilizarse para construir la realidad objetiva. La deducción trascendental de las mismas -a saber, que sean necesariamente constitutivas del conocimiento- delimita el ámbito en que pueden utilizarse.
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